Calendario y Discursos Cívicos mexicanos

Calendario y Discursos Cívicos de mexicanos

Esta liga contiene el calendario y algunos discursos cívicos de nuestra patria.

Calenderio Cívico

Calenderio Cívico
Días en que debe izarse la Bandera Nacional en los edificios públicos
(Ley del 29 de diciembre de 1983)

A toda asta en las siguintes fechas y conmemoraciones:

21 de enero: Aniversario del nacimiento de Ignacio Allende, en 1779.
5 del febrero: Aniversario de la promulgación de las Constituciones de 1857 y 1917.
19 de febrero: Día del Ejército Mexicano.
24 de febrero: Día de la Bandera.
1o. de marzo: Aniversario de la proclamación del Plan de Ayulta.
18 de marzo: Aniversario de la Expropiación Petrolera, en 1938.
21 de marzo: Aniversario del nacimiento de Benito Juárez, en 1806.
26 de marzo: Día de la promulgación del Plan de Guadalupe.
2 de abril: Aniversario de la Toma de Puebla, en 1867.
1o. de mayo: Día del Trabajo.
5 de mayo: Aniversario de la victoria sobre el ejército francés en Puebla, en 1862.
8 de mayo: Aniversario del nacimiento, en 1753, de Miguel Hidalgo y Costilla, iniciador de la Independencia de México.
15 de mayo: Aniversario de la Toma de Querétaro, por las fuerzas de la República, en 1867.
1o. de junio: Día de la Marina Nacional.
21 de junio: Aniversario de la victoria de las armas nacionales sobre el Imperio, en 1867.
1o. de septiembre: Apertura de sesiones del Congreso de la Unión.
14 de septiembre: Incorporación del estado de Chiapas al Pacto Federal.
15. de septiembre: Conmemoración del Grito de Independencia.
16 de septiembre: Aniversario del inicio de la Independencia de México, en 1810.
27 de septiembre: Aniversario de la consumación de la Independencia, en 1821.
30 de septiembre: Aniversario del nacimiento de José María Morelos, en 1765.
12 de octubre: Día de la Raza y aniversario del Descubrimiento de América, en 1492.
23 de octubre: Día Nacional de la Aviación.
24 de octubre: Día de las Naciones Unidas.
30 de octubre: Aniversario del nacimiento de Francisco I. Madero, en 1873.
6 de noviembre: Commemoración de la promulgación del Acta de la Independencia Nacional por el Congreso de Chilpancingo, en 1813.
20 de noviembre: Aniversario del inicio de la Revolución Mexicana, en 1910.
29 de diciembre: Aniversario del nacimiento de Venustiano Carranza, en 1859.

A media asta en las siguintes fechas y conmemoraciones:

14 de febrero: Aniversario de la muerte de Vicente Guerrero en 1831.
22 de febrero: Aniversario de la muerte de Francisco I. Madero, en 1913.
28 de febrero: Aniversario de la muerte de Cuauhtémoc, en 1525.
10 de abril: Aniversario de la muerte de Emiliano Zapata, en 1919.
21 de mayo: Aniversario de la muerte Venustiano Carranza, en 1920.
17 de julio: Aniversario de la muerte del general Alvaro Obregón, en 1928.
18 de julio: Aniversario de la muerte de Benito Juárez, en 1872.
30 de julio: Aniversario de la muerte de Miguel Hidalgo y Costilla, en 1811.
13 de septiembre: Aniversario del sacrificio de los Niños Héroes de Chapultepec, durante la invasión norteamericana, en 1847.
7 de octubre: Aniversario de la inmolación del senador Belisario Domínguez, ordenada por Victoriano Huerte, en 1913.
22 de diciembre: Aniversario de la muerte de José María Morelos, en 1815.

Salud, Bandera De Mi Patria Amada

Salud, Bandera De Mi Patria Amada
por: Jesús Romero Flores

Salud, bandera de mi Patria amada,
De arco iris de paz jirón preciado,
Permite que nuestra alma entusiasmada,
Que conoce tu historia inmaculada,
Te venga a venerar, lienzo sagrado.

Antes bajo tus pliegus se ampararon
De heroicas libertades los guerreros.
Y con su noble sangre te empaparon
Y besos y caricas te mandaron
En sus instantes de existir postreros.

En Iguala tú fuiste la nobleza
Del insurgente que te izó en su mano,
Y en Veracruz tú fuiste la entereza,
Tú fuiste la República, que empieza
Donde acaba la vida del tirano.

Chapultepec te contempló, que erguida
Tenías la Natura por santuario.
Acribillada pero no abatida
Mientras los niños alentaron vida;
Después, tú les serviste de sudario.
Ahí fuiste heroísmo sin segundo,
Fuiste magno estoicismo ante la muerte...
¡Ni plegarias ni acento gemebundo!
¡Tú fuiste entonces a la faz del mundo
La protesta del débil contra el fuerte!

En Puebla y al fulgor del ardiente mayo,
Que te baño de inmensos resplandores,
Miraste a Zaragoza sin desmayo
Airado fulminar su ardiente rayo
Sobre todos los viles invasores.

Al referir las glorias soberanas
Se siente palpitar de gozo el pecho,
Epicas luchas con que el alma ufanas,
Y presenciaste cómo, en las Campanas,
Murió un monarca, mas vivió el Derecho.

Terminaro las luchas fratricidas;
De la paz y la unión al casto beso,
Con nuestras manos firmente unidas
Llegamos a las playas bendecidas
Donde mora el trabajo y el progreso.

Nustra alma ardiente, que a lo noble vuela,
Y de los tríunfos cantará el preludio;
No en la indolencia nuestro ser se riela,
Niños, niños, marchemos a la escuela
Conquistando el saber con el estudio.

¡Lábaro libre de la Patria amada,
Que has sido de los mártires ejemply,
Permite a la niñez entusiasmada
Que conoce tu historia inmaculada,
Que entre de hinojos de la Patria al templo!

16 De Septiembre - (Discurso) - Desconocido

16 De Septiembre - (Discurso) - Desconocido

Señoras y señores:

Corrías los primeros años del siglo XIX.

Tres siglos hacía que México vivía bajo la tutela de España.

Y sin desconocer la trascendental misión que esta tutela había realizado, apreciando en lo que valía el servicio de habernos incorporado a la cultura occidental, y sobre todo de haber alaborado nuestra nacionalidad, acostumbrándonos a vivir y a sentir en común, el pueblo mexicano, precisamente por esta última apreciación, se consideraba capaz de regir sus propios destinos.

Un día aquí, otro día allí, grupos de mexicanos selectos se reunían para deliberar sobre la urgente, sobre la indispensable liberación, tanto más necesaria, cuanto que España había perdido, por el natural desgaste del tiempo, aquella capacidad de conductora de pueblos que en otro tiempo tuviera.

Los esfuerzos de mucho grupos de aquellos mexicanos se frustraron por deversas causas; pero la efervescencia crecía y llegó a su punto álgrido cuando, en 1808, España perdió sus órganos de soberanía por la invasión francesa, ordenada por Napoleón Bonaparte, emperador de los franceses.

El acto de este déspota genial era injusto, y además fue perpetrado a traición, puesto que fue invocada la alianza franco-española para hacer creer a los españoles que las tropas francesas entraban en su país de paso para Portugal, aliada de Inglaterra, a la sazón enemigo común.

Sí, la agresión fue injusta y traicionera; pero creó una situación de hecho que planteaba problemas profundos e inaplazables. Según la teoría del viejo Estado español, la soberanía pertencía al rey. Pero el rey era prisionero de Napoleón, y lo que es más grave, por consentimiento propio. No era, pues, dueño de sí mismo, y por lo tanto no podía ejercer autoridad ninguna sobre el Estado. Ciertamente, Napoleón colocó en su lugar un nuevo monarca; pero como el acto arbitrario de un tirano era incapaz de crear un derecho, todo el mundo hispano, España la primera, rechazó al intruso y declaró ilegítimo su poder.

Entonces surgió el problema: ¿quién ejercería la soberanía de un Estado despojado de su soberano legal? Las autoridades nombradas por éste respondieron muchos españoles. No, respondieron otros, sino unas Juntas de Gobierno designadas o reconocidas por las provincias. Pero esta segunda solución significa la soberanía del pueblo, proclamada años antes por la Revolución Francesa y aceptada por los hombres más despiertos de la época, tanto en Europa como en América, pues en ésta existía ya, desde antes de la Revolución Francesa, el ejemplo de los Estados Unidos.

Y este principio de la soberanía de pueblo fue el que declaró abiertamente en México el licenciado Verdad, como base para la resolución de problema planteado y hasta base de organización de la vida futura del país. Esta declaración costó la vida al heroico licenciado; pero proporcionó a los mexicanos amantes de la libertad de su pueblo la fórmula de sus aspiraciones.

Se constituyó por entonces un nuevo grupo de hombres capaces y resueltos, que estaba decidido a luchar por la libertad del pueblo mexicano. Actuaba en Querétaro y estaba dirigido por don Miguel Hidalgo y Costilla, párroco del pueblo de Dolores. Figuraban en él personalidades importantes de la milicia, la industria, el comercio y la burocracia. El propio corregidor de Querétaro estaba secretamente unido a los conspiradores, quienes tenían ya ultimados sus trabajos a mediados del año 1810 y habían llegado a un acuerdo sobre la fecha del alzamiento, que había de ser una del mes de octubre. Y he aquí que en los primeros días de septiembre surgió, como en las conspiraciones anteriores, un traidor que denunció los hechos.

Afortunadamente fue el corregidor de Querétaro quien recibió la denuncia, de lo cual se enteró su esposa doña Josefa Ortiz de Domínguez, que en seguida avisó a los conjurados. Dos de éste, valientemente, resolvió anticipar el movimiento por la libertad de la Patria. Recibió la noticia de la traición en la noche, y a la mañana siguiente, después de la misa, arengó al pueblo para que le siguiera a la gloriosa lucha de la independencia nacional.

Era el 16 de septiembre, la más sublime de las efemérides mexicanas. La efemérides de nuestra existencia como país libre y soberano.

16 De Septiembre - Andrés Quintana Roo

16 De Septiembre - Andrés Quintana Roo

Renueva, ¡oh musa!, el victorioso aliento
Con que, fiel de la Patria al amor santo,
El fin glorioso de su acerbo llanto
Audaz predije en inspirado acento:
Cuando más orgulloso
Y mentidos triunfos más ufano,
El ibero sañoso
Tanto, ¡ay!, en la opresión cargó la mano
Que el Anahuac vencido
Contó por siempre a su coyunda uncido.

“Al miserable esclavo (cruel decía)
Que independencia ciego apellidando,
De rebelión el pabellón nefando
Alzó una vez en algazara impía,
De nuevo en las cadenas
Con más vigor a su cerviz atadas,
Aumentemos las penas
Que a su última progenie prolongadas
En digno cautiverio
Por siglos aseguren nuestro imperio”.

“¿Qué sirvió en los Dolores, vil cortijo,
Que el aleve pastor el grito diera
De libertad, que dócil repitiera
La insana chusma con afán prolijo?
Su valor inexperto,
Su sacrílega audacia estimulada,
A nuestra vista yerto
En el campo quedó, y escarmentado
Su criminal caudillo
Rindió ya el cuello al vengador cuchillo”.

“Cual al romper las pléyades lluviosas
El seno de las nubes encendidas,
Del mar las olas antes adormidas
Súbito el austro altera tempestuosas;
De la caterva osada
Así los restos nuestra voz espanta,
Que resuena indignada
Y recuerda, si altiva se levanta,
El respeto profundo
Que inspiró de Vespucio el rico mundo”.

“¡Ay del que hoy más los sediciosos labios
De libertad al nombre lisonjero
Abriese, pretextando novelero
Mentidos males, fútiles agravios!
Del cadalso oprobioso
Veloz descenderá a la tumba fría,
Y ejemplo provechoso
Al rebelde será, que en su profía
Desconociere el yugo
Que al invicto español echarle plugo”.

Así los hijos de Vandalia ruda
Fieros clamaron cuando el héroe augusto
Credió de la fortuna al golpe injusto;
Y el brazo fuerte que la empresa escuda,
Faltando a sus compeones,
Del terror y la muerte precedidos,
Feroces escuadrones
Talan impunes campos florecidos,
Y al desierto sombrío
Consagran de la paz el nombre pío.

No será empero que el benigno cielo,
Cómplice fácil de opresión sagrienta,
Niegue a la Patria en tal cruel tormenta
Una tierna mirada de consuelo.
Ante el trono clemente
Sin cesar sube el encendido ruego,
El quejido doliente
De aquel prelado que inflamado en fuego
De caridad divina,
La América indefensa patrocina.

“Padre amoroso, dice, que a tu hechura
Como el don más sublime concediste
La noble libertad con que quisiste
De tu gloria ensalzarla hasta la altura,
¿No ves a un orbe entero
Gemir, privado de excelencia tanta,
Bajo el dominio fiero
Del execrable pueblo que decanta,
Asesinando al hombre,
Dar honor a tu excelso y dulce hombre?”

“¡Cuánto, ay, en su maldad ya se gozara,
Cuando por permisión inescrutable
De tu justo decreto y adorable,
De sangre en la conquista se bañara
Sacrílego arbolando
La enseña de tu cruz en buria impía,
Cuando más profanando
Su religión con negra hipocresía,
Para gloria del cielo
Cubrió de excesos el indiano suelo!”

“ De entonces su poder, ¡cómo ha pesado
Sobre el inerme pueblo! ¡Qué de horrores
Creciendo siempre en crimenes mayores,
El primero a tu vista han aumentado!
La astucia seductora
En auxilio han unido a su violencia;
Moral corrompedora
Predican con su bárbara insolencia,
Y por divinas leyes
Proclaman los caprichos de sus reyes”.

“Allí se ve con asombroso espanto
Cual traición castigado el patriotismo,
En delito erigido el heroísmo
Que al hombre eleva y engrandece tanto.
¿Que más? En duda horrenda
Se consulta el oráculo sagrado
Por saber si la prenda
De la razón al indio se ha otorgado,
Y mientras Roma calla,
Entre las bestias confundido se halla”.

“¿Y qué cuando llegado se creía
De redención el suspirado instante,
Permites, justo Dios, que ufana cante
Nuevos triunfos la odiosa tiranía?
El adalid primero,
El generoso Hidalgo, ha perecido;
El término postrero
Ver no le fue de la obra concedido;
Mas otros compeones
Suscita que rediman las naciones”.

Dijo, y Morelos siente enardecido
El noble pecho en belicoso aliento
La victoria en su Enseña toma asiento
Y su ejemplo de mil se ve seguido.
La sangre difundida
De los héroes su número recrece
Como tal vez herida
De la segur la encina reverdece
Y más vigor recibe,
Y con más pompa y más verdor revive.

Mas ¿quién de la alabanza el premio digno
Con títulos supremos arrebata,
Y el laurel más glorioso a su sien ata,
Guerrero invicto, vencedor benigno?
El que en Iguala dijo:
“¡Libre la patria sea!”, y fuelo luego
Que el estrago prolijo
Atajó y de la guerra el voraz fuego,
Y con dulce clemencia
En el trono asentó la Independencia.

¡Himnos sin fin a su indeleble gloria!
Honor eterno a los varones claros
Que el camino supieron prepararos,
¡Oh Iturbide inmortal!, a la victoria.
Su nombres antes fueron
Cubiertos de luz pura, esplendorosa,
Mas nuestros ojos vieron
Brillar el tuyo como en noche hermosa
Entre estrellas sin cuento
A la luna del alto firmamento.

¡Sombras ilustres, que con cruento riego
De libertad la planta fecundasteis,
Y sus frutos dulcísimos legasteis
Al suelo patrio, ardiente en sacro fuego!
Recibid hoy benignas,
De su fiel gratitud prendas sinceras
En alabanzas dignas,
Más que el mármol y el bronce duraderas,
Con que vuestra memoria
Coloca en el alcázar de la gloria.

5 De Mayo - Discurso - Desconocido

5 De Mayo - Discurso - Desconocido

Señoras y señores:

Día glorioso como ninguno es éste en los anales de México. Agotado nuestro país por largas luchas intestinas; disminuido por las irreparables pérdidas territoriales sufridas en 1847; empobrecido y desmoralizado, ciertas naciones lo creían fácil presa para satisfacer sus ambiciones.

Francia, gobernada por un tirano sin talento, sombra vana de aquel otro déspota genial que medio siglo antes hiciera temblar a Europa, era de aquellas naciones la más insolente e injusta, y la que pretendía abrumarnos con más hirientes desprecios. Sólo ella se negró a aceptar las razones del gobierno mexicano contra una intervención militar arbitraria que lastimaba nuestro honor nacional. Y así, mientras España e Inglaterra suspendían esta intervención, las tropas francesas, que habían penetrado hasta Orizaba por medio del engaño, no sólo se negaron a retirarse, sino que avanzaron hacia Puebla llenas de petulante confianza.

No contaban con que al frente de nuestra República había un hombre que era la integridad y el patriotismo en persona: el Presidente Benito Juárez, Benemérito de las Américas.

No contaban con que a la cabeza de nuestro ejército había un hombre muy modesto, pero de gran talento y sereno valor, que estaba dispuesto a vencer con la razón: el general Zaragoza.

No contaban con un pueblo que, harto de humillaciones inmerecidas, estaba resuelto a poner un hasta aquí a la arbitrariedad y la injusticia y desunión interior.

Por no contar con eso, el general Lorencez, jefe del ejército invasor, envió al mariscal Rendón, Ministro de la Guerra en Francia, aquel despacho lleno de petulancia, mas que descortés, innoble con el adversario:

“Tenemos sobre los mexicanos--decía Lorencez--tal superioridad de raza, de organización, de disciplina, de moralidad y de elevación de sentimientos, que ruego a Vuestra Excelencia se sirva decir al Emperador que desde ahora, a la cabeza de seis mil soldados, soy dueño de México”.

Se atrevía a decir esto en el momento en que traiclonaba la generosidad mexicana, que había permitido a las tropas francesas subir a Orizaba porque no soportaban, según decían, el clima de la costa, y en que rompía, contra todas las normas del derecho internacional y todas las reglas del honor, un acuerdo expreso, según el cual, sí la guerra se declaraba, dichas tropas debían volver a Veracruz, para poner la contienda en su punto primitivo. Esa era la moral y la elevación de setimientos que demostraba aquel general, ante un acto cuya generosidad no tiene precedentes con un adversario que además nos atacaba sin ninguna razón.

Pero en Puebla sí había moralidad y elevación de sentimientos y grandeza de ánimo y resolución heroica, no sólo en el jefe, general Ignacio Zaragoza, sino hasta en el último soldado.

Y así, cuando en la mañana del 5 de mayo de 1862, lanzó el general galo sus regimientos sobre las fuerzas mexicanas, con la confianza y el egreimiento de su presunta superioridad, hubo de ver, desconcertado y confuso, cuál mordían el polvo al pie del cerro de Loreto, al duro hierro de los cuchillos mexicanos.

Una vez y otra ordenó, enfurecido, al ataque, y una vez y otra armas mexicanas prevalecieron sobre la necia arrogancia del invasor.

Generales, oficiales y soldados se cubrían de gloria por igual en aquella limpia jornada mexicana. A media tarde, la impotencia de los franceses para granar a los mexicanos una pulgada tan sólo de terreno era manifiesta.

Se produjo un equilibrio dramático.

Y en este punto, el general Porfirio Díaz, que se había batido el día entero como un león, dio una carga furibunda de caballería al ya impotente agresor, y lo puso en vergonzosa fuga.

Triunfo supremo del patriotismo, que templó el valor mexicano para las duras pruebas que se avecinaban y de las que nuestro pueblo salió airoso, porque el ejemplo del 5 de mayo permaneció vivo en su corazón.

¡Viva México!

Churubusco - 1847, invasión norteamericana (Discurso) - Fernando Celada

Churubusco - 1847, invasión norteamericana (Discurso)
Por: Fernando Celada

No fueron paladines, fueron leones
Que al estruendoso grito de los cañones
Crisparon la melena para luchar:
Sacudieron la garra jamás vencida
Y con broncos rugidos de inmensa vida
A tronaron el aire canicular.

El llano y la montaña se estremecieron
Y con agudas notas repercutieron
De aquellos gritos de ira la vibración,
Tal como repercuten los huracanes,
El bramido espantoso de los volcanes
Cuando rompen su seno con la erupción.

Aquella no fue lucha, fue cataclismo,
Cataclismo de gloria, de patriotismo;
Ejemplo de grandeza que asombro fue,
Holocausto, el más noble de almas no esclavas
Que con garra y con pico de águilas bravas
Murieron por la Patria, que se halla en pie.

Sobre ese muro triste que se venera,
Flotó serenamente nuestra bandera
Deteniendo el avance del invasor.
Una falange de héroes de oculta historia,
Combatió fieramente cantando gloria
Con la indomable fuerza de su valor.

Y fue la lucha cruenta, desesperada;
La legión enemiga rueda diezmada,
Vacila y retrocede y avanza al fin;
Retumba el estampido de los cañones,
Se confunden y chocan los escuadrones
Y sin cesar repite “¡Gloria!” en clarín.

El batallón heroico de “San Patricio”
No teme la derrota ni el sacrificio
Y lucha temerario y arrollador;
Mas, ¡ay!, los que se baten como leones
Detener y no pueden a las legiones
Bárbaras, que no saben lo que es honor.

¡Está el parque agotado...ya no hay defensa!
Sobre esas almas grandes pasa una inmensa
Angustia, que se agolpa sin estallar
Y en momento terrible y en trance fuerte,
Aquellos indomables piden la muerte
Bajo el azul de un cielo canicular.

Cuando Taylor pregunta do el parque se halla,
Herido, no vencido, responde Anaya
Colérico, exaltado, fuera de sí:
¡Imbéciles!...¡cobardes!...si parque hubiera
Juro por lo glorioso de mi bandera
Que ni uno de vosotros se hallara aquí.

No fueron paladines, fueron leones
Que al estruendoso grito de los cañones
Los músculos crisparon para morir,
Como mueren sublimes los libertarios
En las cúspides santas de los calvarios
Donde fusiona soles el porvenir.

La Revolución Mexicana - (Discurso) - Desconocido

La Revolución Mexicana - (Discurso) - Desconocido

Señoras y señores:

Conmemoración de alto valor cívico es la señalada para este día por nuestro calendario nacional, porque nos hace considerar un episodio de nuestra historia por demás instructivo.

Hermanos contra hermanos en una lucha sangrienta por duró casi 20 años.

¿Por qué ocurrir este hecho tan doloroso?:

Ahí está la enseñanza: porque un hombre qué era bueno, generoso y patriota, no supo mantenerse en los limites de su autoridad: no supo medir hasta dónde podía y debía llegar en su justificado deseo de hacer gozar a nuestra extenuada Patria de los beneficios del orden político y social. Este hombre fue don Porfirio Díaz, uno de los más brillantes combatientes de la jornada del 5 de mayo, el que rompió el equilibrio de la batallo gloriosa a favor de México; el héroe inmarcesible de cien batallas en la guerra contra los franceses, luego treinta años Presidente de la República Mexicana.

Aquí está precisamente la sombra: en la prolongación forzada de un mando en el que contrajo al principio extraordinarios méritos.

En efecto, cuando este hombre se elevó en 1877 a la más alta magistratura de la República, fue aclamado por todo el país, a pesar de que lo hizo por el siempre vituperable medio de la fuerza.

Y es que eran ya 60 años los que México llevaba de guerras, muy justas y necesarias, mas no por eso menos destructoras, las exteriores; pero en general sin sentido y puramente convulsivas, las interiores.

Era, pues, nuestra Patria, a la salida de la gloriosa, pero extenuante contienda con los corifeos del segundo Imperio, un campo de desolación; una completa ruina. Necesitaba descanso. Necesitaba reposo. Necesitaba orden. Necesitaba trabajo, cuyo hábito la vida aventurera de los campos de batalla había hecho perder. Necesitaba alimentarse, pues prácticamente no lo hacía a causa de la horrorosa miseria en que había caído el país en aquel entonces.

Pues don Porfirio ofrecía todo eso. Y el pueblo se acogió a la famosa sentencia de que no importa errar en los menos si se acierta en lo principal. El procedimiento para escalar el poder había sido ciertamente ilegítimo, reprobable, mas la necesidad de orden era urgente, inaplazable.

Don Porfirio cumplió y fue querido: restableció la paz interior; levantó el honor nacional de México; aumentó la riqueza; hizo renacer el trabajo. México lo amó y le perdonó sus irregularidades ilegales por mucho tiempo.

Pero poco a poco fue pasándose de la medida en esta política, que no por ser beneficiosa dejaba de ser arbitraria y dar un ejemplo constante de injusticia. Y la gente, pasada la primera urgencia, restaurado el pulso de país, empezó a percibir la contradicción en que vivía el general Díaz. Había luchado gallardamente por las leyes de Reforma y cometía la burla de no hacer ningún caso de ellas; había peleado reciamente por la independencia de la Patria, y ahora entregaba su suelo y sobre todo su subsuelo a voraces capitalistas extranjeros, con tal imprevisión, que parecía una venta; había nacido y crecido entre el pueblo; había vivido con él y para él una vida heroica, y el pueblo estaba abandonado y era maltratado y vejado por los grandes hacendados y las poderosas empresas. Y aunque él era cada vez más autoritario, pero no inhumano, muchos de sus representantes sobre todo en el campo, eran verdaderos verdugos del pueblo.

El orden impuesto y ano era un beneficio, sino una opresión; ya no favorecía a la Patria, la perjudicaba, porque anulaba toda iniciativa. La tranquilidad, querida cuando era una necesidad vital, ya no era apreciada ahora, porque enmascaraba la injusticia y el abuso. El orden aparente ocultaba un gran desorden moral y una grave indignación cívica. El pueblo estaba irritado. Conseguido el orden, lo quería completo; pedía la ley, porque sin ley no hay orden verdadero.

Así lo entendió el ilustre prócer don Francisco I. Mader, y por eso pidíó al general Díaz que restableciera la ley, que devolviera al pueblo su derechos y que en esta forma permitiese elegir como era debido por lo menos el Vicepresidente de la República, pues él podía seguir siendo Presidente, en atención a sus grandes méritos anteriores.

Don Porfirio, ya muy anciano, e influido por sus consejeros, no accedió, e impuso una nueva reelección ilegal confirmando su tiranía. Y entonces Madero desencadenó la Revolución Mexicana.

Esto ocurrió el día 20 de noviembre de 1910.

Casi cien años justos después de alcanzar la libertad nacional, el pueblo mexicano se lanzaba a la lucha por sus derechos políticos y por una superior justicia social, cosas que logró, después de épica, lucha, mediante la Constitución de 1917, que todavía está vigente en lo fundamental.

Y ya nunca más se dejará el pueblo mexicano arrebatar sus conquistas políticas y sociales.

¡México, Creo En Ti!... por Ricardo López Méndez

¡México, Creo En Ti!...
Por Ricardo López Méndez

México, creo en ti,
Como en el vértice de un juramento.
Tú hueles a tragedia, tierra mía,
Y sin embargo, ríes demasiado,
A caso porque sabes que la risa
Es la envoltura de un dolor callado.

México, creo en ti,
Sin que te represente en una forma
Porque te llevo dentro, sin que sepa
Lo que tú eres en mí; pero presiento
Que mucho te pareces a mi alma
Que sé que existe pero no la veo.

México, creo en ti,
En el vuelo sutil de tus canciones
Que nacen porque sí, en la plegaria
Que yo aprendí para llamarte Patria,
Algo que es mío en mí como tu sombra
Que se tiende con vida sobre el mapa.

México, creo en ti,
En forma tal, que tienes de mi amada
La promesa y el beso que son míos.
Sin que sepa por qué se me entregaron;
No sé si por ser bueno o por ser malo,
O porque del perdón nazca el milagro.

México, creo en ti,
Sin preocuparme el oro de tu entraña;
Es bastante la vida de tu barro
Que refresca lo claro de las aguas,
En el jarro que llora por los poros,
La opresión de la carne de tu raza.

México, creo en ti,
Porque creyendo te me vuelves ansia
Y castidad y celo y esperanza.
Si yo conozco el cielo es por tu cielo,
Si conozco el dolor es por tus lágrimas
Que están en mí aprendiendo a ser lloradas.

México, creo en ti,
En tus cosechas de milagrería
Que sólo son deseo en las palabras.
Te contagias de auroras que te cantas.
¡Y todo el bosque se te vuelve carne!
¡Y todo el hombre se te vuelve selva!

México, creo en ti,
Porque escribes tu nombre con la X
Que algo tiene de cruz y de calvario:
Porque el águila brava de tu escudo
Se divierte jugando a los “volados:
Con la vida y, a veces, con la muerte.

México, creo en ti,
Como creo en los clavos que te sangran:
En las espinas que hay en tu corona,
Y en el mar que te aprieta la cintura
Para que tomes en la forma humana
Hechura de sirena en las espumas.

México, creo en ti,
Porque si no creyera que eres mío
El propio corazón me lo gritara,
Y te arrebataría con mis brazos
A todo intento de volverte ajeno,
¡Sintiendo que a mí mismo me salvaba!

México, creo en ti,
Porque eres el alto de mi marcha
Y el punto de partida de mi impulso
¡Mi credo, Patria, tiene que ser tuyo,
Como la voz que salva
Y como el ancla...!