16 De Septiembre – (Discurso) – Desconocido

Señoras y señores:

Corrías los primeros años del siglo XIX.

Tres siglos hacía que México vivía bajo la tutela de España.

Y sin desconocer la trascendental misión que esta tutela había realizado, apreciando en lo que valía el servicio de habernos incorporado a la cultura occidental, y sobre todo de haber alaborado nuestra nacionalidad, acostumbrándonos a vivir y a sentir en común, el pueblo mexicano, precisamente por esta última apreciación, se consideraba capaz de regir sus propios destinos.

Un día aquí, otro día allí, grupos de mexicanos selectos se reunían para deliberar sobre la urgente, sobre la indispensable liberación, tanto más necesaria, cuanto que España había perdido, por el natural desgaste del tiempo, aquella capacidad de conductora de pueblos que en otro tiempo tuviera.

Los esfuerzos de mucho grupos de aquellos mexicanos se frustraron por deversas causas; pero la efervescencia crecía y llegó a su punto álgrido cuando, en 1808, España perdió sus órganos de soberanía por la invasión francesa, ordenada por Napoleón Bonaparte, emperador de los franceses.

El acto de este déspota genial era injusto, y además fue perpetrado a traición, puesto que fue invocada la alianza franco-española para hacer creer a los españoles que las tropas francesas entraban en su país de paso para Portugal, aliada de Inglaterra, a la sazón enemigo común.

Sí, la agresión fue injusta y traicionera; pero creó una situación de hecho que planteaba problemas profundos e inaplazables. Según la teoría del viejo Estado español, la soberanía pertencía al rey. Pero el rey era prisionero de Napoleón, y lo que es más grave, por consentimiento propio. No era, pues, dueño de sí mismo, y por lo tanto no podía ejercer autoridad ninguna sobre el Estado. Ciertamente, Napoleón colocó en su lugar un nuevo monarca; pero como el acto arbitrario de un tirano era incapaz de crear un derecho, todo el mundo hispano, España la primera, rechazó al intruso y declaró ilegítimo su poder.

Entonces surgió el problema: ¿quién ejercería la soberanía de un Estado despojado de su soberano legal? Las autoridades nombradas por éste respondieron muchos españoles. No, respondieron otros, sino unas Juntas de Gobierno designadas o reconocidas por las provincias. Pero esta segunda solución significa la soberanía del pueblo, proclamada años antes por la Revolución Francesa y aceptada por los hombres más despiertos de la época, tanto en Europa como en América, pues en ésta existía ya, desde antes de la Revolución Francesa, el ejemplo de los Estados Unidos.

Y este principio de la soberanía de pueblo fue el que declaró abiertamente en México el licenciado Verdad, como base para la resolución de problema planteado y hasta base de organización de la vida futura del país. Esta declaración costó la vida al heroico licenciado; pero proporcionó a los mexicanos amantes de la libertad de su pueblo la fórmula de sus aspiraciones.

Se constituyó por entonces un nuevo grupo de hombres capaces y resueltos, que estaba decidido a luchar por la libertad del pueblo mexicano. Actuaba en Querétaro y estaba dirigido por don Miguel Hidalgo y Costilla, párroco del pueblo de Dolores. Figuraban en él personalidades importantes de la milicia, la industria, el comercio y la burocracia. El propio corregidor de Querétaro estaba secretamente unido a los conspiradores, quienes tenían ya ultimados sus trabajos a mediados del año 1810 y habían llegado a un acuerdo sobre la fecha del alzamiento, que había de ser una del mes de octubre. Y he aquí que en los primeros días de septiembre surgió, como en las conspiraciones anteriores, un traidor que denunció los hechos.

Afortunadamente fue el corregidor de Querétaro quien recibió la denuncia, de lo cual se enteró su esposa doña Josefa Ortiz de Domínguez, que en seguida avisó a los conjurados. Dos de éste, valientemente, resolvió anticipar el movimiento por la libertad de la Patria. Recibió la noticia de la traición en la noche, y a la mañana siguiente, después de la misa, arengó al pueblo para que le siguiera a la gloriosa lucha de la independencia nacional.

Era el 16 de septiembre, la más sublime de las efemérides mexicanas. La efemérides de nuestra existencia como país libre y soberano.