5 De Mayo – Discurso – Desconocido

Señoras y señores:

Día glorioso como ninguno es éste en los anales de México. Agotado nuestro país por largas luchas intestinas; disminuido por las irreparables pérdidas territoriales sufridas en 1847; empobrecido y desmoralizado, ciertas naciones lo creían fácil presa para satisfacer sus ambiciones.

Francia, gobernada por un tirano sin talento, sombra vana de aquel otro déspota genial que medio siglo antes hiciera temblar a Europa, era de aquellas naciones la más insolente e injusta, y la que pretendía abrumarnos con más hirientes desprecios. Sólo ella se negró a aceptar las razones del gobierno mexicano contra una intervención militar arbitraria que lastimaba nuestro honor nacional. Y así, mientras España e Inglaterra suspendían esta intervención, las tropas francesas, que habían penetrado hasta Orizaba por medio del engaño, no sólo se negaron a retirarse, sino que avanzaron hacia Puebla llenas de petulante confianza.

No contaban con que al frente de nuestra República había un hombre que era la integridad y el patriotismo en persona: el Presidente Benito Juárez, Benemérito de las Américas.

No contaban con que a la cabeza de nuestro ejército había un hombre muy modesto, pero de gran talento y sereno valor, que estaba dispuesto a vencer con la razón: el general Zaragoza.

No contaban con un pueblo que, harto de humillaciones inmerecidas, estaba resuelto a poner un hasta aquí a la arbitrariedad y la injusticia y desunión interior.

Por no contar con eso, el general Lorencez, jefe del ejército invasor, envió al mariscal Rendón, Ministro de la Guerra en Francia, aquel despacho lleno de petulancia, mas que descortés, innoble con el adversario:

“Tenemos sobre los mexicanos–decía Lorencez–tal superioridad de raza, de organización, de disciplina, de moralidad y de elevación de sentimientos, que ruego a Vuestra Excelencia se sirva decir al Emperador que desde ahora, a la cabeza de seis mil soldados, soy dueño de México”.

Se atrevía a decir esto en el momento en que traiclonaba la generosidad mexicana, que había permitido a las tropas francesas subir a Orizaba porque no soportaban, según decían, el clima de la costa, y en que rompía, contra todas las normas del derecho internacional y todas las reglas del honor, un acuerdo expreso, según el cual, sí la guerra se declaraba, dichas tropas debían volver a Veracruz, para poner la contienda en su punto primitivo. Esa era la moral y la elevación de setimientos que demostraba aquel general, ante un acto cuya generosidad no tiene precedentes con un adversario que además nos atacaba sin ninguna razón.

Pero en Puebla sí había moralidad y elevación de sentimientos y grandeza de ánimo y resolución heroica, no sólo en el jefe, general Ignacio Zaragoza, sino hasta en el último soldado.

Y así, cuando en la mañana del 5 de mayo de 1862, lanzó el general galo sus regimientos sobre las fuerzas mexicanas, con la confianza y el egreimiento de su presunta superioridad, hubo de ver, desconcertado y confuso, cuál mordían el polvo al pie del cerro de Loreto, al duro hierro de los cuchillos mexicanos.

Una vez y otra ordenó, enfurecido, al ataque, y una vez y otra armas mexicanas prevalecieron sobre la necia arrogancia del invasor.

Generales, oficiales y soldados se cubrían de gloria por igual en aquella limpia jornada mexicana. A media tarde, la impotencia de los franceses para granar a los mexicanos una pulgada tan sólo de terreno era manifiesta.

Se produjo un equilibrio dramático.

Y en este punto, el general Porfirio Díaz, que se había batido el día entero como un león, dio una carga furibunda de caballería al ya impotente agresor, y lo puso en vergonzosa fuga.

Triunfo supremo del patriotismo, que templó el valor mexicano para las duras pruebas que se avecinaban y de las que nuestro pueblo salió airoso, porque el ejemplo del 5 de mayo permaneció vivo en su corazón.

¡Viva México!